escondía sus libros de medicina entre los ladrillos de la obra. La millonaria observaba en silencio, intrigada por aquel albañil que estudiaba en los descansos.

También ella había tenido que abandonar sueños por responsabilidades. “¿Ya has almorzado?”, La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera contenerla, sorprendiéndola incluso a ella misma. Rafael la miró confundido. En realidad, uso el horario de almuerzo para estudiar. ¿Y no comes nada? Un bocadillo rápido. El tiempo es valioso.

Sofía asintió, entendiendo perfectamente el valor del tiempo. Tal vez podamos hacer ambas cosas, sugirió sintiendo como su corazón se aceleraba de una forma que no experimentaba desde hacía años. Rafael dudó visiblemente. Agradezco la oferta, señora, pero no es necesario que, insisto, lo interrumpió ella, me interesa saber más sobre tus estudios.

El jardín trasero, con vistas al Mediterráneo, se convirtió en un improvisado comedor. Sentados en sillas de obra bajo la sombra de un olivo centenario que Sofía había ordenado preservar, compartían un almuerzo sencillo que ella había hecho traer de la casa provisional donde se alojaba mientras la mansión se completaba.

¿Por qué medicina? Preguntó Sofía rompiendo el silencio inicial. Rafael masticó lentamente antes de responder. Mi madre enfermó cuando yo era niño. Veía a los médicos trabajar y pensaba que eran como magos capaces de aliviar el dolor con sus conocimientos. Quería ser como ellos. Y tu madre dejó la pregunta en el aire.

Se recuperó gracias a un tratamiento experimental que un médico joven se atrevió a probar. Sus ojos brillaron al recordarlo. Desde entonces supe que quería hacer lo mismo por otros. Sofía asintió. Yo financié la construcción del ala pediátrica del Hospital Central, comentó sin pretensiones, omitiendo que había abandonado su propio sueño de ser médica para asumir el control de la empresa familiar cuando su padre enfermó.

“Lo sé”, respondió Rafael. Vi su nombre en la placa cuando llevé a mi hijo a urgencias el año pasado. ¿Tienes un hijo? La sorpresa en la voz de Sofía era genuina. Rafael asintió una sonrisa transformando completamente su rostro cansado. Diego, ¿es todo para mí? Mm. ¿Y su madre? Preguntó Sofía inmediatamente arrepintiéndose de su indiscreción.

Nos dejó poco después de que naciera respondió Rafael sin amargura. decidió que la maternidad no era para ella. Lo siento. No lo sienta. Diego y yo estamos bien. Tenemos nuestra rutina. Sofía iba a preguntar más cuando el teléfono de Rafael sonó. La expresión del hombre cambió instantáneamente al mirar la pantalla.

Es la escuela de Diego, explicó la preocupación evidente en su voz. contestó rápidamente y Sofía observó como su semblante se ensombrecía gradualmente. Entiendo. Sí. Iré enseguida. Cortó la llamada y se volvió hacia ella. Disculpe, señora Valverde, tengo que retirarme. Mi hijo, la señora que lo cuida después de la escuela, ha tenido un imprevisto y no puede recogerlo.

Pero estamos en medio de la jornada laboral, observó Sofía viendo cómo el conflicto se dibujaba en el rostro de Rafael. Lo sé. Hablaré con el capataz. Le explicaré la situación. Su voz revelaba la resignación de quien ya conoce las consecuencias. horas no pagadas, quizás una reprimenda, posiblemente algo peor. Yo puedo ayudar, ofreció Sofía impulsivamente.

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