escondía sus libros de medicina entre los ladrillos de la obra. La millonaria observaba en silencio, intrigada por aquel albañil que estudiaba en los descansos.

¿Por qué esta mansión?, preguntó Rafael un día mientras revisaban el diseño de la terraza. es enorme para una persona sola. Sofía no se ofendió por la pregunta. “Supongo que espero que algún día no esté sola”, respondió con una honestidad que la sorprendió. “Familia quizás o simplemente personas que importe lo suficiente como para querer tenerla cerca.” Rafael asintió comprendiendo.

Diego y yo vivimos en un apartamento pequeño, pero a veces se siente enorme cuando él se queda dormido y solo queda el silencio. Burdens durante una inspección de rutina, un mes después de su primer encuentro, un andamio se dio parcialmente. En la confusión, Sofía, que se encontraba supervisando los avances en el segundo piso, resbaló peligrosamente cerca del borde.

Fue Rafael quien la sujetó con la misma fuerza que utilizaba para cargar ladrillos y la misma delicadeza con que pasaba las páginas de sus libros. Por un instante, el tiempo se detuvo. Sus miradas se encontraron a centímetros de distancia y algo indefinible pasó entre ellos. Pero ambos retrocedieron casi inmediatamente, conscientes de las diferencias sociales que los separaban.

“Gracias”, dijo ella formalmente, intentando recuperar la compostura. “Solo hice lo que cualquiera hubiera hecho”, respondió él, igualmente formal, aunque el ligero temblor en sus manos al soltarla desmentía su aparente calma. En los días siguientes, un silencio incómodo se instaló entre ellos. Sofía, perturbada por sus propios sentimientos, comenzó a espaciar sus visitas a la obra.

Rafael notó su ausencia, pero continuó enfocado en su trabajo y sus estudios, convencido de que el mundo de aquella mujer y el suyo estaban destinados a permanecer separados. Dos semanas después del incidente, Sofía regresó a la obra con una propuesta concreta. Estaba considerando crear un programa de becas. para trabajadores que estudian y quería la opinión de Rafael sobre cómo estructurarlo de una forma digna, no como una caridad.

“¿Por qué me consultarías sobre esto?”, preguntó él, sorprendido por el repentino enfoque profesional. “Porque entiendes ambos mundos,”, respondió ella con sinceridad. “Conoces el valor del trabajo manual y de la educación. Necesito esa perspectiva. La propuesta rompió la tensión entre ellos, dándoles un terreno neutral sobre el cual reconstruir su relación, ahora con límites claros y un propósito compartido.

Lo que ninguno de los dos admitía, ni siquiera a sí mismos, era que cada encuentro para discutir el programa se había convertido en algo que ambos esperaban con una anticipación que iba más allá del proyecto mismo. En sus ojos se reflejaba una historia que apenas comenzaba a escribirse entre ladrillos y libros de medicina, entre un mundo de privilegios y otro de sacrificios, un puente que quizás, solo quizás podrían atreverse a cruzar juntos.

El programa de becas comenzó como una idea y rápidamente se convirtió en una misión para Sofía. Durante las siguientes semanas convocó a Rafael para numerosas reuniones, siempre bajo la excusa profesional de necesitar su perspectiva única. “Quiero que sea diferente”, explicaba Sofía mientras revisaban el borrador del programa en la oficina provisional instalada en el terreno de la construcción. No quiero que sea una limosna disfrazada de oportunidad.

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