Tiene que mantener la dignidad de las personas. Rafael laentía apreciando profundamente ese enfoque. La dignidad es precisamente lo que muchos programas similares olvidan. Creen que con dinero basta, pero a veces las condiciones son tan humillantes que preferiríamos seguir luchando solos. Cuéntame más sobre eso”, pidió Sofía, dejando los papeles a un lado y prestando toda su atención a Rafael. Él dudó un momento antes de compartir.
En mi primer año de carrera solicité una beca perfecta. Cubría la matrícula completa, pero requería asistir a eventos como ejemplo de superación. Su voz adoptó un tono amargo. Me pedían que contara mi historia una y otra vez, como si fuera un espectáculo inspirador para gente rica que quería sentirse bien consigo misma.
Sofía sintió una punzada de vergüenza, preguntándose si ella misma habría aplaudido en uno de esos eventos, ignorante del costo emocional para personas como Rafael. “¿Qué hiciste?”, preguntó suavemente. “Rechacé la beca”, respondió él con sencillez. “Preferí trabajar horas extra y estudiar menos. Mi dignidad no estaba en venta.
Aquellas palabras quedaron flotando en la habitación, cargadas de verdad y desafío. Este programa será diferente, prometió Sofía con renovada determinación. Lo construiremos juntos con respeto real por quienes se esfuerzan por cambiar sus circunstancias sin renunciar a quienes son. Durante esas reuniones que se extendían muchas veces hasta el anochecer, Sofía comenzó a compartir fragmentos de su propia historia.
Le contó a Rafael cómo había abandonado su sueño de estudiar medicina cuando su padre enfermó gravemente y la empresa familiar amenazaba con hundirse. Era la única que podía salvarla, explicó una tarde mientras contemplaban la puesta de sol desde la terraza a medio construir.
Mi padre había dedicado su vida a construir algo que daba trabajo a cientos de familias. No podía permitir que todo eso se perdiera. ¿No tenías hermanos que pudieran asumir esa responsabilidad?, preguntó Rafael. Sofía negó con la cabeza. Mi hermano Javier eligió un camino diferente. Vive en Sudamérica, dedicado a causas humanitarias.
Admiro lo que hace, pero significó que toda la responsabilidad recayera sobre mí. Rafael la observó con una nueva comprensión. Así que también renunciaste a un sueño por responsabilidad. Sofía sonrió con cierta melancolía. Supongo que tenemos más en común de lo que parece a simple vista. Esa noche, cuando Rafael llegó a su pequeño apartamento en un barrio obrero de Valencia, encontró a Diego dormido en el sofá con los deberes de matemáticas aún esparcidos sobre la mesa.
Su vecina Carmen, una anciana bondadosa que lo ayudaba cuidando al pequeño cuando sus horarios se complicaban, estaba tejiendo silenciosamente en una esquina. Ha intentado esperarte despierto”, susurró Carmen con ternura. “Quería mostrarte su dibujo.” Rafael observó el papel que descansaba junto a los cuadernos.
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