Un dibujo infantil, pero cuidadoso de dos figuras, una grande y otra pequeña, frente a lo que parecía un hospital. “Dice que será doctor como tú”, explicó Carmen. Aquellas palabras provocaron en Rafael una mezcla de orgullo y angustia. Tomó a su hijo en brazos con delicadeza, sintiendo su respiración acompasada contra su pecho mientras lo llevaba a su habitación.
¿Crees que lo lograré, Diego? Murmuró en la penumbra acariciando el cabello de su hijo. ¿Crees que tu papá podrá convertirse en médico algún día? La pregunta quedó flotando en la oscuridad, como tantas otras dudas que lo asaltaban en los momentos de soledad. A la mañana siguiente, mientras se preparaba para otro día de trabajo físico extenuante, seguido de horas de estudio, Rafael reflexionó sobre su creciente cercanía con Sofía Valverde.
Intentaba convencerse de que su relación era estrictamente profesional, que el programa de becas era lo único que los unía, pero en su interior sabía que había algo más, una conexión que trascendía sus evidentes diferencias. Papá, ¿por qué sonríes? Preguntó Diego mientras desayunaban. Rafael se sobresaltó, sorprendido de haber sido tan transparente. Estaba sonriendo.
Sí, mientras mirabas por la ventana, afirmó el niño con esa aguda percepción infantil que a menudo desconcertaba a Rafael. ¿Estás feliz? Una pregunta simple que requería una respuesta compleja. Creo que estoy esperanzado, respondió finalmente. Es por el programa de becas del que me hablaste. En parte, admitió Rafael, si funciona, podría ayudar a muchas personas como nosotros.
Diego asintió con seriedad, como si comprendiera perfectamente el peso de aquellas palabras. La señora Rica es buena, ¿verdad? La señora Rica, la dueña de la casa grande que estás construyendo, la que te ayuda con las becas. Rafael se sorprendió de que Diego hubiera conectado los puntos tan claramente.
Sí, es diferente a lo que imaginaba. ¿Te gusta?, preguntó Diego con la desconcertante franqueza de los niños. Rafael se atragantó con el café y tosió varias veces antes de poder responder. Es mi jefa, Diego, y alguien con quien trabajo en un proyecto importante. Pero te hace sonreír, insistió el niño.
Salvado por el reloj, Rafael evitó responder señalando la hora. Vamos a llegar tarde. Rápido, termina tu desayuno. Mientras llevaba a Diego a la escuela, las preguntas inocentes de su hijo seguían resonando en su mente. ¿Qué estaba permitiéndose sentir exactamente? ¿Qué futuro podría haber para un sentimiento nacido entre mundos tan dispares? En la obra, Sofía había comenzado a visitar con una frecuencia que ya no podía justificarse solo por el avance de la construcción.
Los trabajadores intercambiaban miradas cuando ella aparecía y buscaba casualmente a Rafael para consultarle algún detalle sobre el programa de becas. Tu jefa parece muy interesada en tu opinión”, comentó Francisco el capataz con una sonrisa maliciosa mientras veían a Sofía alejarse después de una de sus conversaciones.
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