escondía sus libros de medicina entre los ladrillos de la obra. La millonaria observaba en silencio, intrigada por aquel albañil que estudiaba en los descansos.

“Es solo por el programa”, respondió Rafael automáticamente. “Claro, y yo soy el rey de España.” Se burló Francisco. “Ten cuidado, Rafa. Las mujeres como ella juegan en otra liga. Pueden permitirse experimentar con tipos como nosotros. Pero al final siempre vuelven con los de su clase.

Las palabras de Francisco, aunque crudas, reflejaban un temor que el propio Rafael albergaba. Sin embargo, algo en su interior le decía que Sofía era diferente, que la conexión que estaban formando iba más allá de una simple curiosidad pasajera. Esa misma tarde, durante una de sus reuniones, Sofía percibió que Rafael estaba inusualmente distante. “¿Sucede algo?”, preguntó directamente, cerrando la carpeta de documentos que estaban revisando.

Rafael consideró evadir la pregunta, pero optó por la honestidad. “Me pregunto, ¿qué estamos haciendo realmente, Sofía?” Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila, sin el formal señora Valverde, que había mantenido como una barrera invisible entre ellos. Sofía sintió que algo se estremecía en su interior ante esa pequeña pero significativa intimidad.

“Estamos creando un programa de becas”, respondió sabiendo que esa no era toda la verdad. ¿Es solo eso? Sus miradas se encontraron cargadas de preguntas no formuladas y sentimientos no confesados. No, admitió Sofía finalmente. Creo que ambos sabemos que hay algo más, algo imposible, añadió Rafael con una mezcla de resignación y desafío. Imposible.

Sofía se acercó ligeramente. He pasado toda mi vida enfrentándome a lo que otros consideraban imposible. La empresa de mi padre estaba al borde de la quiebra cuando la asumí. Todos decían que era imposible salvarla, especialmente para una mujer joven sin experiencia en el mundo empresarial. Esto es diferente, insistió Rafael. No se trata de negocios o de voluntad.

Se trata de mundos que nunca fueron diseñados para encontrarse. Sofía lo miró intensamente. Quizás sea hora de rediseñar esos mundos. Aquella frase quedó flotando entre ellos como una promesa o quizás un desafío. La verdadera prueba para su incipiente relación llegó inesperadamente una semana después, cuando Diego enfermó gravemente.

Rafael recibió la llamada de la escuela en medio de su jornada laboral. Su hijo tenía fiebre alta y necesitaba atención médica urgente. Sofía, que casualmente estaba en la obra ese día, notó su expresión de pánico mientras hablaba por teléfono. ¿Qué sucede?, preguntó cuando Rafael terminó la llamada. Diego está enfermo, debo irme inmediatamente”, respondió ya quitándose los guantes de trabajo.

“Te llevaré”, ofreció Sofía sin dudarlo. “Mi coche está aquí y llegaremos más rápido.” Rafael quiso negarse, mantener su independencia como siempre había hecho, pero la preocupación por Diego superaba su orgullo. Asintió brevemente. El trayecto hasta la escuela transcurrió en un silencio tenso, roto solo por las indicaciones de Rafael.

Cuando llegaron, la directora los recibió con evidente sorpresa al ver a Sofía Valverde, una de las mujeres más poderosas de Valencia, acompañando al padre de un alumno. Diego estaba en la enfermería, su pequeño rostro enrojecido por la fiebre. Al ver a su padre, extendió los brazos con debilidad. Papá”, murmuró, “me duele todo.

” Rafael lo tomó en brazos, su corazón comprimiéndose de angustia. Tocó su frente, alarmándose por la temperatura elevada. Sus conocimientos médicos, aunque aún incompletos, le decían que esto requería atención inmediata. “Necesitamos llevarlo al hospital”, dijo volviéndose hacia Sofía. Ella asintió, ya sacando las llaves de su bolsillo. “Vamos.

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