escondía sus libros de medicina entre los ladrillos de la obra. La millonaria observaba en silencio, intrigada por aquel albañil que estudiaba en los descansos.

No es mucho, se disculpó Rafael mientras abría la puerta. Pero es nuestro hogar. Sofía observó el espacio pequeño, pero impecablemente organizado. Libros de medicina compartían estantería con cuentos infantiles. En las paredes, dibujos de Diego colgaban junto a diagramas anatómicos. Era un espacio que hablaba de esfuerzo, de sueños aplazados, pero no abandonados, de amor. Es perfecto, respondió con sinceridad.

Diego, aún débil pero mejorando, se acomodó en el sofá mientras Rafael preparaba té en la pequeña cocina. Sofía se sentó junto al niño, quien la observaba con curiosidad. “Mi papá dice que eres muy importante”, comentó Diego con la franqueza característica de los niños. Sofía sonríó. Eso dice. Sí.

Dice que eres inteligente y que ayudas a muchas personas. Tu papá es muy amable”, respondió Sofía, conmovida por saber que Rafael hablaba de ella con su hijo. Pero él es quien realmente merece admiración. Trabaja muy duro por ti y por sus sueños. Diego asintió con seriedad. Va a ser el mejor doctor del mundo.

Estoy segura de que sí, coincidió Sofía, sintiendo una oleada de afecto hacia ambos. Desde la cocina, Rafael escuchaba la conversación dividido entre la gratitud por tener a Sofía en sus vidas y el temor de lo que significaba esa creciente cercanía. Las palabras de Francisco seguían resonando en su mente. Las mujeres, como ella juegan en otra liga.

Cuando regresó con el té, encontró a Sofía y Diego mirando un libro de anatomía infantil que él había comprado para explicarle a su hijo, en términos sencillos, lo que estudiaba. El corazón es un músculo estaba explicando Sofía. Trabaja día y noche sin descansar nunca. Es como un superhéroe dentro de ti. ¿Y por qué se pone rápido cuando tengo miedo? Preguntó Diego.

Porque está preparándote para enfrentar el peligro, respondió ella. Es muy inteligente, ¿sabes? ¿Sabe cuándo necesitas más fuerza? Rafael se detuvo en el umbral absorbiendo la escena. Había algo tan natural en la forma en que Sofía interactuaba con Diego, sin condescendencia, con respeto genuino por su inteligencia.

Interrumpo una clase de anatomía, preguntó entrando con la bandeja. La señora Sofía explica mejor que mi maestra, declaró Diego entusiasmado. “Puedes llamarme solo”, lo corrigió ella gentilmente. De verdad, el niño miró a su padre en busca de confirmación. Rafael asintió, aunque una parte de él sentía que cada pequeña intimidad, cada barrera que caía entre ellos los acercaba más a un precipicio desconocido.

Sofía se quedó hasta que Diego se durmió, ayudando a Rafael a prepararle la medicina y contándole un cuento. Cuando finalmente salieron al pequeño balcón del apartamento, la noche mediterránea los envolvió con su cálida brisa. “Gracias por todo”, dijo Rafael. recargándose en la varandilla. No solo por lo de hoy, por todo.

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