– “Come, ángel mío, hoy no tengo hambre”, susurró desconsolada mientras su propio estómago rugía de hambre.
El hijo del millonario Mateo devoró la comida con una desesperación impropia de un niño de su posición, con una mirada a la vez culpable y agradecida.
La escena era un secreto doloroso, un pequeño festín de rebeldía y bondad en una casa donde la abundancia era una cruel ilusión. Esa empleada doméstica era Isabel, una madre soltera cuya vida consistía en un largo viaje diario al trabajo. Dejó a su hijo pequeño en un humilde barrio de Bogotá para cruzar la ciudad y trabajar en la lujosa mansión de la familia Montoya, en el exclusivo barrio de Rosales.
Cada peso que ganaba era sagrado, una garantía de que su hijo, a kilómetros de distancia, nunca sentiría las punzadas del hambre. Su experiencia como madre, sin embargo, le dio un sexto sentido, una sensibilidad para los dolores invisibles. Y desde el primer día notó la ansiedad en los ojos de Mateo, un niño que parecía hambriento, no de atención, sino de algo mucho más básico.

La motivación de Isabel fue al principio su propio hijo, pero al presenciar la soledad de Mateo, el corazón de su madre se ensanchó. vio a un niño que lo tenía todo menos lo indispensable. Vio su mirada fija en la comida con una intensidad que no era codicia, sino necesidad. Vio su falta de energía, su apatía.
Mientras el padre veía a un niño de luto y la madrastra veía malestar, Isabel, con la claridad de quien conoce el verdadero hambre, fue la única en diagnosticar la enfermedad secreta de aquella casa. El abandono, servido en un plato vacío y su instinto protector, más fuerte que el miedo, la impulsó a actuar.
La antagonista en ese hogar era Renata, la nueva y joven esposa del millonario Javier. Obsesionada con la imagen de la perfección y profundamente insegura en su nuevo rol, veía a Mateo no como un hijastro, sino como un recuerdo vivo y persistente de su difunta primera esposa, una santa a cuya sombra jamás podría florecer. Su crueldad no era manifiesta, sino sutil, un veneno administrado en pequeñas dosis, siempre fuera de la vista de su esposo.
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