Escondida en la despensa, lejos de la mirada de su ama, la criada Isabel le ofreció su propio plato de pollo y arroz al niño de ojos tristes.

Y su arma predilecta, la más perversa de todas, era la comida, el símbolo más primario del cuidado maternal. Cuando Javier viajaba por negocios, lo cual ocurría a menudo, la imagen de madrastra cariñosa de Renata se desvanecía por pequeñas rabietas, un juguete extraviado, un no susurrado, castigaba a Mateo de la manera más invisible y devastadora, privándolo de

Renata descubrió el secreto una tarde silenciosa de jueves, cuando el eco de los pasos de Javier ya se había desvanecido por el pasillo de mármol. Isabel no la escuchó llegar; estaba de rodillas, sirviendo al niño un pequeño cuenco de sopa que había escondido detrás del microondas. El olor cálido del pollo llenaba la cocina, un lujo que no pertenecía a ella.

—¿Qué haces? —preguntó Renata, con una voz tan fría que hizo temblar la cuchara en la mano de Isabel.

Mateo soltó el cubierto y retrocedió instintivamente, como si conociera el peso de aquel tono.

—Yo… el niño tenía hambre… —balbuceó Isabel, bajando la mirada.

Renata se acercó despacio, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—¿Y tú crees que te contraté para alimentar a mi hijastro con sobras de tu propia comida?

—No eran sobras, señora. Era…—

—¡Silencio! —Renata arrojó el cuenco al suelo, y el caldo se extendió como una herida sobre las baldosas blancas. Mateo ahogó un sollozo.

—No llores —susurró Renata, clavando la mirada en el niño—. Las lágrimas son para los débiles.

Esa noche, Isabel fue despedida sin un peso. “Robo de alimentos” fue el motivo escrito en la carta. Javier, de viaje en Panamá, no recibió más que una llamada breve y manipulada. “Encontramos a la empleada abusando de la confianza de la casa, amor”, dijo Renata con voz temblorosa de víctima. “Por suerte, ya se ha ido.”

El silencio volvió a reinar en la mansión, pero no era un silencio de paz. Era el de una casa que respiraba culpa.

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