Isabel caminó bajo la lluvia durante horas, sin paraguas, sin destino. El uniforme todavía húmedo por el caldo derramado, las manos temblando de impotencia. Llegó a su cuarto de renta en el barrio de San Cristóbal cuando la madrugada ya tocaba las ventanas. Su hijo dormía, abrazado a un oso de peluche que ella había comprado en una feria de segunda mano.
Lo miró y se permitió llorar. No por haber perdido el trabajo, sino por haber dejado atrás a otro niño que también necesitaba una madre.
Pasaron las semanas. Isabel buscó empleo en otras casas, pero el apellido Montoya pesaba como una sentencia. Nadie quería contratar a “la ladrona”. Su estómago conoció el hambre, pero fue su corazón el que se vació primero.
Hasta que un día, en una esquina del centro, vio a Mateo.
El niño iba de la mano de su chofer, la mirada perdida. Llevaba ojeras, y el uniforme del colegio privado le quedaba grande, como si hubiese adelgazado demasiado.
Isabel se escondió tras un puesto de flores, observando. Su instinto gritaba.
Mateo no sonreía. Su piel estaba pálida, los labios secos.
Y cuando el chofer se detuvo a comprar un café, el niño se giró. Por un segundo, sus miradas se cruzaron.
—¿Isabel? —susurró él, sin voz.
Pero el chofer lo arrastró antes de que ella pudiera responder.
Aquel instante bastó. El fuego volvió a encenderse en el pecho de Isabel.
Esa misma noche, en la mansión, Renata observaba a Mateo empujar el plato sin probar bocado.
—¿Otra vez sin hambre? —preguntó, fingiendo dulzura.
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