Mateo no contestó.
—Tu padre llegará mañana —añadió ella—. ¿Qué crees que pensará si ve que no comes? ¿Que estoy fallando como madre?
El niño levantó la vista.
—No eres mi madre —dijo en un hilo de voz.
Renata lo abofeteó. El sonido resonó entre los muros como un disparo.
—Nunca repitas eso —susurró—. Jamás.
Esa fue la última noche que Mateo comió algo sólido.
Isabel no podía dormir. Cada imagen del niño la perseguía. Así que comenzó a vigilar desde lejos. Cada día, antes de ir a limpiar en un hotel barato, pasaba frente a la reja de la mansión Montoya. Y cada día veía menos movimiento, menos risas, más persianas cerradas.
Hasta que una mañana escuchó rumores: “El niño Montoya está enfermo”. “Dicen que no sale del cuarto”.
El miedo se convirtió en propósito. Isabel sabía que nadie más lo vería como ella.
Así que escribió una carta anónima al colegio, denunciando maltrato. Luego, otra al despacho de Javier Montoya. Pero ninguna tuvo respuesta.
Desesperada, decidió ir ella misma. Esperó una tarde entera frente al edificio del empresario. Cuando por fin lo vio salir, corrió hacia él.
—¡Señor Montoya, por favor! —gritó.
Los guardias intentaron apartarla, pero su voz atravesó el ruido de la ciudad.
—¡Es sobre su hijo!
Javier se detuvo. La reconoció, y su rostro se endureció.
—¿Tú? —dijo con desprecio—. No tengo nada que hablar contigo.
—Mateo está enfermo, señor. ¡Ella no le da de comer! —Isabel imploró—. Mírelo bien, está apagado, se está muriendo de hambre.
Javier frunció el ceño.
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