—No vuelvas a mencionar a mi familia. Ni una palabra más.
Y se marchó.
Isabel se quedó sola, con el sonido de los autos ahogando su esperanza.
Esa noche, una tormenta cubrió Bogotá. En la mansión, Renata perdió la paciencia.
Mateo se negó a comer por tercera vez.
—Si no comes, no sales de tu habitación —gritó ella, arrojando el plato contra la pared.
El niño la miró con una serenidad extraña, como si algo en él ya se hubiera roto.
—¿Por qué me odias tanto? —preguntó.
Renata tembló. No tenía respuesta. Lo odiaba porque existía, porque respiraba el recuerdo de una mujer muerta que su marido seguía amando.
Cerró la puerta con llave y lo dejó allí, solo.
Horas después, un olor inusual la despertó: humo. Corrió hacia el pasillo y vio el resplandor anaranjado bajo la puerta de Mateo.
—¡Dios mío! —gritó.
El fuego crepitaba. Mateo, dormido por la debilidad, no respondía.
Renata intentó abrir, pero la llave no giraba. Golpeó con desesperación, gritando el nombre del niño, hasta que los sirvientes llegaron corriendo.
Pero fue Isabel —que dormía en la calle frente a la mansión, bajo una lona improvisada— quien lo oyó primero. Saltó la reja, trepó por la ventana lateral y rompió el cristal con las manos desnudas.
El humo le quemó los ojos, la garganta. A través de la neblina ardiente, vio la silueta del niño en la cama. Lo alzó con los brazos temblorosos y lo sacó por la ventana justo antes de que el techo colapsara.
Mateo respiraba apenas. Isabel lo acunó, tosiendo, su piel marcada por las brasas.
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