—Tranquilo, mi amor —susurró—. Ya estás a salvo.
Cuando Javier llegó, la casa aún humeaba. La ambulancia se alejaba con sirena apagada.
Renata, envuelta en una manta, repetía entre lágrimas: “Fue un accidente… un accidente…”
Pero los bomberos hallaron algo que lo cambió todo: la puerta del cuarto cerrada con llave por fuera.
Javier se quedó inmóvil, la mirada perdida entre las cenizas.
—¿Qué hiciste, Renata? —murmuró.
Ella intentó hablar, pero las palabras no salieron.
Isabel, en el hospital, estaba conectada a un respirador. Sus pulmones habían absorbido demasiado humo. En la cama de al lado, Mateo dormía, aún débil, con la mano pequeña buscando la suya.
Un médico le explicó a Javier que la mujer había salvado la vida de su hijo, pero que su propio cuerpo estaba fallando.
El empresario entró al cuarto sin saber cómo enfrentarse a la verdad. La vio, pálida, con los labios agrietados, pero todavía con esa expresión de ternura invencible.
—Perdóname… —susurró él—. No supe ver lo que pasaba.
Isabel apenas sonrió.
—No me debe nada, señor… sólo… cuide de él.
Sus ojos se cerraron lentamente.
Mateo despertó al amanecer.
—¿Dónde está Isabel? —preguntó.
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