Escondida en la despensa, lejos de la mirada de su ama, la criada Isabel le ofreció su propio plato de pollo y arroz al niño de ojos tristes.

Javier bajó la mirada.

El niño comprendió sin oír la respuesta. Se aferró a la sábana y lloró sin ruido, mientras el sol se filtraba por la ventana, iluminando las manos pequeñas que aún olían a humo y a amor.

El funeral de Isabel fue sencillo, silencioso, casi invisible. En una colina humilde a las afueras de Bogotá, un pequeño grupo de mujeres —antiguas empleadas, vecinas, y una monja del barrio— colocaron flores blancas sobre su ataúd de madera clara.
Javier Montoya estaba allí, con el rostro cubierto por unas gafas oscuras. No pronunció palabra. A su lado, Mateo sostenía un ramo de margaritas, las flores que Isabel siempre ponía en el jarrón de la cocina.

—Ella me salvó —susurró el niño, apretando las flores entre los dedos.
El viento sopló, suave, como si el cielo quisiera responderle.

Después del entierro, Javier regresó a la mansión, pero ya nada era igual. Las paredes seguían ennegrecidas por el humo, y en el aire flotaba ese silencio espeso que sólo deja la culpa.
Renata había sido arrestada esa misma mañana. Los bomberos confirmaron que la puerta del cuarto de Mateo había sido cerrada desde afuera con una llave que sólo ella tenía.
Intentó defenderse, llorando ante las cámaras, diciendo que “había sido un error”.
Pero la ciudad entera habló. Los titulares no tuvieron piedad:

“Madrastra encierra a su hijastro — tragedia en la familia Montoya.”
“Heroína muere salvando a un niño rico del fuego.”

El apellido Montoya, sinónimo de lujo, se volvió sinónimo de vergüenza.

Durante los meses siguientes, Javier se hundió en el silencio. Dejó los negocios, vendió parte de sus propiedades y se mudó con Mateo a una casa más pequeña, lejos del barrio de Rosales.
Allí, el niño comenzó a recuperarse. Pero no hablaba mucho. Pasaba horas mirando por la ventana, con un cuaderno en el regazo.

Una tarde, Javier lo encontró dibujando. En la hoja había una figura de una mujer con un delantal y una sonrisa, de pie junto a una mesa con un plato de arroz y pollo.
—¿Quién es? —preguntó Javier, aunque ya lo sabía.
—Isabel —respondió Mateo, sin levantar la vista—. Quiero escribir su historia.

Desde ese día, el niño escribió cada noche, a escondidas. Escribía para no olvidar, para mantener viva la voz dulce que le susurraba “Come, ángel mío” en la oscuridad.

Mientras tanto, el juicio contra Renata avanzaba con rapidez. Su abogado alegó inestabilidad emocional, una “crisis temporal” causada por el estrés. Pero el juez, al escuchar el testimonio del pequeño Mateo —débil, pero firme—, se quedó en silencio largo rato antes de dictar sentencia.
Renata fue condenada a diez años de prisión.

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