Escondida en la despensa, lejos de la mirada de su ama, la criada Isabel le ofreció su propio plato de pollo y arroz al niño de ojos tristes.

“La verdadera madre no siempre es la que te da la vida, sino la que te alimenta cuando el mundo te deja vacío.”

Renata cerró el libro y lloró por primera vez en años. No por remordimiento, sino por el reconocimiento tardío de algo que jamás comprendió: la pureza de aquel gesto que había destruido.

En la ciudad, una fundación nació en nombre de Isabel.
“Comedor Ángeles de Luz.”
Daba alimento a niños de barrios marginales y apoyo a madres solteras sin recursos.
Javier Montoya fue el primer donante anónimo. Mateo, su fundador visible.

Cada plato que servían llevaba una pequeña etiqueta:

“Preparado con amor, como Isabel lo haría.”

Las paredes estaban decoradas con dibujos hechos por los niños: una mujer sonriente, un delantal blanco, un cuenco de arroz.

Una noche, cuando todo quedó en silencio, Mateo se quedó solo en el comedor. Afuera, la lluvia golpeaba el techo de zinc.
Cerró los ojos y recordó aquella primera vez en que Isabel le ofreció su comida en la despensa, en secreto, mientras su propio estómago rugía.

—Gracias, mamá —susurró, por fin, pronunciando la palabra que de niño nunca se atrevió a decirle.

Y en el eco de la lluvia, creyó escuchar su voz respondiendo, suave como una caricia:

“Come, ángel mío… ya no tienes hambre.”

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