Etapa 1: Día cuarenta y el chirrido de la cerradura que sonó a confesión
Anna estaba en la despensa, como si estuviera en una habitación extraña. Todo a su alrededor le resultaba familiar: frascos viejos, cajas, el aroma a polvo seco y la lavanda que una vez guardó entre las sábanas. Pero hoy el aire parecía más denso.
La maleta yacía abajo, contra la pared, como siempre. Marrón, desgastada, con las esquinas de latón deslustradas. La misma que Ivan le había ocultado durante cuarenta y cinco años.
Anna pasó los dedos por la tapa. El cuero era áspero. Como el recuerdo mismo.
"Perdóname, Vanya...", susurró. "Pero ya no puedo vivir con un secreto, sin ti".
La cerradura se resistió. El pestillo oxidado se negaba a salir, como si la maleta intentara mantener la tapa cerrada. Anna tomó un destornillador, la abrió y el metal hizo un suave clic.
El sonido le golpeó el corazón con más fuerza que cualquier palabra en un funeral.
La tapa se abrió con un crujido. Anna se llevó la mano a la boca, esperando cualquier cosa: dinero, cartas, fotografías, un arma, un diario aterrador, un mechón de pelo... una mujer puede inventar mil razones a lo largo de su larga vida por las que su marido le prohíbe tocar un solo objeto.
Pero lo primero que vio fue... pulcritud.
Dentro había cosas, dobladas con tanto cuidado, como si estuvieran guardadas no por años, sino por minutos. Tela blanca. Cintas. Una carpeta. Y una cajita, atada con cordel.
Anna sacó el paquete de arriba. Lo desenvolvió.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
