Anna suspiró y añadió en voz más baja:
"No te pido que nos quieras. Pero... me gustaría que vinieras de vez en cuando. A tomar el té. No como un secreto. Sino como persona".
Artyom guardó silencio un buen rato. Luego preguntó en voz baja:
"¿Y tus hijos... podrás... venir?"
Lena asintió, secándose las lágrimas:
"Si mamá pudo venir, nosotros también podemos". Sasha exhaló profundamente:
"No es fácil. Pero... no es tu culpa."
Artyom sonrió por primera vez, leve y cautelosamente.
"Gracias."
Y Anna se dio cuenta de que en ese momento era como si hubiera dejado ir a Iván. No perdonado del todo, no. Pero dejó de guardar su secreto como una piedra.
Lo compartió. Y la piedra se volvió más ligera.
Epílogo: La maleta que no contenía cosas, sino oportunidades
Cuando Anna regresó a casa, el armario ya no le daba miedo. La maleta estaba abierta, vacía, como una cáscara. El secreto la había abandonado y había dejado de ser una sombra.
Anna guardó cuidadosamente una sola cosa en la maleta: la carta de Iván, ya no como una "prohibición", sino como un recordatorio de que incluso los hombres más fuertes a veces viven con miedo y desperdician años.
Una semana después, Artyom fue a verlos en persona. Trajo una caja de bombones y un viejo álbum de fotos.
Lera, la nieta de Anna, una niña pequeña, lo miró y preguntó:
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