Escondió una maleta durante toda su vida, y en ella había cartas, fotos y un secreto sobre un niño que tuvo antes que yo.

Como si respondiera a sus pensamientos, el teléfono sonó en el pasillo.

Etapa 3: La llamada demasiado oportuna
El teléfono sonó fuerte, como a propósito. Anna se estremeció y se levantó del suelo, casi dejando caer la carta. El nombre de su hijo apareció en la pantalla: Sasha.

"Mamá, ¿cómo estás?" La voz de su hijo era cautelosa, con esa suavidad adulta que aparece en los niños a medida que sus padres crecen. "Lena y yo pasamos hoy por casa. ¿Te parece bien?"

Anna tragó saliva rápidamente.

"Ven...", respondió. "Sasha... necesito decirte algo."

Hubo una pausa.

"¿Pasó algo?"

Anna miró la maleta, el picardía, la fotografía, y sintió que se le atascaban las palabras.

"Pasó...", exhaló. "Tu padre... tenía un secreto."

Sasha guardó silencio. Luego dijo en voz baja:

"Mamá, si te refieres al testamento, no vamos a dividir nada. Todo es tuyo."

"No se trata del dinero", dijo Anna agarrando el teléfono con fuerza. "Se trata de la persona. Del hijo. El que tuvo... antes que yo."

Sasha exhaló con tanta fuerza que sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el pecho.

"¿Estás seguro?"

"Tengo la carta en mis manos", dijo Anna. "Y la foto. Y los documentos."

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