Cuando escuché a mi hija de cinco años susurrarle al osito sobre las promesas de papá, pensé que era solo charla infantil.
Pero su vocecita temblorosa dijo palabras que destruyeron todo lo que pensaba sobre mi matrimonio.
Lo que empezó como escuchar una conversación suave terminó convirtiéndose en el descubrimiento de una verdad que rompió por completo mi mundo.
Conocí a Garrett en una cafetería de la Fifth Street cuando tenía 26 años.
Estaba leyendo el periódico, con un suéter azul marino que hacía que sus ojos parecieran aún más azules.
Cuando levantó la vista y sonrió, casi dejé caer mi latte.

Se sentía como estar en una película romántica.
“Parece que tienes un lunes difícil”, dijo señalando la pila de papeles de trabajo que tenía regada por toda la mesa.
“Prueba un mes difícil”, me reí, y de alguna manera esa charla corta se convirtió en tres horas hablando de todo. El mundo fuera de la cafetería simplemente desapareció.
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