—Señor Ricardo… yo… perdóneme, no debería estar así en horas de trabajo —tartamudeó Valentina, intentando secarse las lágrimas con el dorso de la mano, poniéndose de pie torpemente y escondiendo la foto detrás de su espalda.
Ricardo ignoró la disculpa. Su atención estaba clavada en la angustia que emanaba de ella. Entró en la habitación, cerrando suavemente la puerta tras de sí, creando un espacio de intimidad en medio de la tormenta. —Olvídate del trabajo, Valentina. Llevo días viéndote mal. Tus ojos están hinchados, estás distraída, triste. Y ahora esto. —Su voz, usualmente firme y distante, se suavizó—. Necesito saber qué está pasando. Y no aceptaré un “no es nada” por respuesta.
Valentina bajó la mirada, mordiéndose el labio para contener un nuevo sollozo. El silencio se estiró, tenso y doloroso, hasta que ella, vencida por la carga que llevaba, sacó la mano de su espalda y le mostró la foto. —Es Samuel —susurró con voz quebrada—. Mi hijo.
Ricardo tomó la foto con cuidado. Un bebé de apenas unos meses lo miraba desde el papel, con ojos grandes, oscuros y curiosos, y unas mejillas redondas que invitaban a ser besadas. Ricardo sintió un golpe seco en el pecho. Sabía que Valentina era madre soltera, pero nunca había preguntado detalles. El dolor de su propio deseo frustrado de paternidad le había hecho evitar el tema. —Es hermoso —dijo sinceramente—. ¿Le ha pasado algo? ¿Está enfermo?
Valentina negó con la cabeza, y las lágrimas volvieron a brotar, esta vez sin freno. —Tiene cuatro meses, señor. Es lo único bueno que he hecho en mi vida. Pero… pero no puedo quedármelo.
La frase quedó suspendida en el aire, pesada como una lápida. Ricardo frunció el ceño, sin comprender. —¿Cómo que no puedes quedártelo?
—No tengo dinero, Ricardo —confesó, olvidando el “señor” en su desesperación—. Mi madre, que es quien lo cuida mientras yo trabajo aquí, tiene 68 años y el corazón le falla. Necesita medicinas que cuestan miles de pesos al mes. La renta subió. El padre de Samuel… él se fue el día que le dije que estaba embarazada. Desapareció como si nunca hubiera existido. Estoy sola. Totalmente sola contra el mundo.
Tomó aire, temblando. —He hecho cuentas mil veces. He dejado de comer para comprar su leche. He pedido préstamos que no sé cómo pagar. Pero ya no puedo más. Mi mamá empeora y si ella falta, ¿quién cuidará a Samuel? No puedo traerlo al trabajo y no puedo dejar de trabajar. —Valentina levantó la vista, sus ojos suplicando comprensión—. Hay una pareja en Zapopan. Profesionales, con dinero, con una casa grande. Llevan años buscando un bebé. La trabajadora social dice que son buenas personas. Mañana… mañana tengo que darles una respuesta definitiva para iniciar los trámites de adopción.
Ricardo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La brutalidad de la situación lo golpeó con fuerza. Una madre amando a su hijo con cada fibra de su ser, obligada a arrancárselo del pecho no por falta de amor, sino por falta de papel moneda. Pensó en su propia cuenta bancaria, en los millones que descansaban allí, estériles, mientras esta mujer se desgarraba el alma por unos cuantos miles de pesos. —¿Lo vas a entregar? —preguntó, con la voz ronca—. ¿Vas a regalar a tu hijo?
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