Escuchó un llanto en el cuarto de servicio y descubrió que su empleada iba a dar a su bebé en adopción. La decisión que tomó este millonario te robará el corazón.

—¡Lo hago por él! —gritó Valentina, cayendo sentada en la cama, cubriéndose el rostro—. Porque lo amo tanto que prefiero morir de dolor yo a verlo pasar hambre. Prefiero que crezca con otros que le den un futuro, a que se quede conmigo y no tenga nada. ¿Usted cree que quiero hacerlo? Siento que me están arrancando el corazón en vida.

Ricardo miró alrededor de la pequeña habitación. Miró la lluvia afuera. Miró a Valentina, destruida. Y de repente, la imagen de su exesposa Patricia vino a su mente. Patricia, que tenía todo y despreciaba la maternidad. Y Valentina, que no tenía nada y sacrificaba su felicidad por el bienestar de su hijo. La injusticia le quemó la garganta. Pero más fuerte que la injusticia fue un sentimiento nuevo, poderoso, que nació en ese preciso instante: un propósito.

—No —dijo Ricardo. Fue una sola palabra, pero cargada de una determinación de acero.

Valentina levantó la vista, confundida. —¿Qué?

—No vas a entregar a Samuel. No vas a dar a tu hijo en adopción.

—Señor Ricardo, usted no entiende, no es una elección, es…

—Es dinero —la interrumpió él, caminando hacia la ventana y girándose para enfrentarla—. El problema es dinero. Y eso es lo único que a mí me sobra y a ti te falta. Pero tú tienes algo que yo he buscado toda mi vida y que ningún dinero puede comprar: una familia y un amor incondicional.

Se acercó a ella y se agachó para mirarla a los ojos. —Escúchame bien, Valentina. Olvida a la pareja de Zapopan. Olvida la adopción. A partir de hoy, yo me hago cargo.

Valentina lo miraba como si estuviera alucinando. —¿De qué habla?

—Esta casa tiene seis habitaciones enormes y cinco están vacías acumulando polvo y soledad. Quiero que tú, tu madre y Samuel se muden aquí. Hoy mismo.

—¡Señor Ricardo! —exclamó ella, retrocediendo—. ¡Eso es imposible! Yo soy su empleada, no puedo traer a mi familia a vivir a su mansión. ¿Qué dirá la gente? Además, los gastos…

—¡Al diablo con la gente! —bramó Ricardo, sorprendiéndose a sí mismo por su intensidad—. ¿Crees que me importa lo que digan? Me importa que hay un bebé que va a perder a su madre por una injusticia. Yo cubriré todo. Los medicamentos de tu madre, la comida, la ropa de Samuel, todo. Tú seguirás trabajando si quieres, pero tu prioridad absoluta será tu hijo. Quiero que ese niño crezca contigo. Quiero ver esa casa llena de vida.

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