—Pero… ¿por qué? —preguntó ella entre sollozos, incrédula ante el milagro que se le ofrecía—. ¿Por qué haría esto por nosotros? Apenas nos conoce.
Ricardo suspiró, y por primera vez en años, dejó caer su máscara de hombre de hierro. —Porque sé lo que es la soledad, Valentina. Porque llevo años caminando por estos pasillos escuchando solo el eco de mis pasos. Porque siempre quise ser padre y la vida no me lo permitió. Y porque no voy a dejar que el dinero destruya una familia cuando tengo el poder de evitarlo. No es caridad, es… humanidad. Déjame hacerlo. Por favor.
Valentina lo miró profundamente, buscando cualquier rastro de duda o engaño, pero solo encontró verdad y una súplica silenciosa en los ojos de su patrón. Asintió lentamente, y el llanto de dolor se transformó en un llanto de alivio tan intenso que Ricardo tuvo que sostenerla para que no cayera.
Esa misma tarde, la vida de Ricardo cambió de rumbo para siempre. Subieron a su camioneta de lujo y condujeron bajo la lluvia hacia el barrio humilde de Valentina. Al llegar a la casa de doña Sofía, la realidad golpeó a Ricardo. La vivienda era precaria, el techo tenía goteras y el frío se colaba por las ventanas. Allí conoció a Sofía, una mujer anciana con el rostro surcado por el sufrimiento pero con una mirada digna, y a Samuel.
Cuando Valentina sacó al bebé de la cuna y lo puso en brazos de Ricardo, el tiempo se detuvo. Samuel era pequeño, cálido y olía a talco y leche. Se removió en los brazos del millonario, abrió sus ojos oscuros y soltó un pequeño suspiro, acomodando su cabeza en el hombro de Ricardo. En ese contacto, el hielo que cubría el corazón de Ricardo se derritió instantáneamente. Sintió el peso de esa vida frágil dependiendo de él y supo que ya no había vuelta atrás. No estaba salvando a Valentina; ellos lo estaban salvando a él.
La mudanza fue rápida. Ricardo ordenó que trajeran solo lo sentimental; él compraría todo nuevo. Esa noche, la mansión, antes silenciosa como una tumba, se llenó de sonidos nuevos. El arrullo de Valentina durmiendo a Samuel, la tos suave de Sofía que ahora descansaba en una cama ortopédica digna, y el llanto ocasional del bebé resonando en los pasillos. Para cualquier otro, el llanto de un niño en la noche podría ser una molestia. Para Ricardo, acostado en su cama king-size, fue la canción más hermosa que había escuchado jamás. Significaba vida. Significaba que no estaba solo.
Los meses siguientes fueron un torbellino de emociones. Ricardo se involucró en todo. Acompañó a Valentina al pediatra, aprendió a cambiar pañales —torpemente al principio, entre risas compartidas— y se aseguró de que Sofía recibiera el mejor tratamiento cardiológico disponible. La anciana, recuperando su salud día a día, comenzó a cocinar, llenando la casa de aromas a especias y hogar que Ricardo había olvidado.
La relación entre Ricardo y Valentina se transformó. Ya no había barreras. Compartían el desayuno, las cenas, las preocupaciones sobre la fiebre de Samuel o sus primeros dientes. Ricardo descubrió en Valentina a una mujer inteligente, fuerte y de una dulzura infinita. Y Valentina descubrió en Ricardo no al millonario distante, sino a un hombre sensible, protector y desesperado por dar amor.
Un día, al revisar los gastos de la tarjeta que le había dado a Valentina “sin límites”, Ricardo se sintió conmovido hasta las lágrimas. Ella no había gastado ni un centavo en sí misma. Todo era para el bebé, para su madre o para la casa. La confrontó en el despacho, no con enojo, sino con ternura. —¿Por qué no te compras nada? —le preguntó, mostrándole el estado de cuenta. —Porque no necesito nada, Ricardo. Tengo a mi hijo conmigo, mi madre está viva, tengo un techo. Tú me has dado todo. —No —respondió él, acercándose—. Te falta algo. Te falta saber que mereces ser feliz también como mujer, no solo como madre.
Ese fin de semana la llevó de compras. No la dejó mirar precios. Le compró vestidos, zapatos, joyas. Al verla salir del probador con un vestido azul que resaltaba su figura y su sonrisa tímida, Ricardo sintió que el aire se le escapaba. Se estaba enamorando. Se estaba enamorando perdidamente de su valentía, de su bondad y de la forma en que ella lo miraba, como si él fuera su héroe, cuando él sentía que ella era su salvadora.
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