El punto de quiebre llegó cuando Samuel cumplió un año. Ricardo organizó una fiesta en el jardín. Mientras todos cantaban, el niño, que estaba gateando en el césped, se levantó tambaleante. Dio dos pasos inseguros hacia donde estaba Ricardo, extendió sus brazos regordetes y, con una claridad que silenció a todos los presentes, dijo su primera palabra: —Papá.
El mundo se congeló. Valentina se llevó las manos a la boca. Ricardo se quedó inmóvil, sintiendo cómo las lágrimas quemaban sus ojos. Se arrodilló y recibió a Samuel en sus brazos, abrazándolo con una fuerza que prometía protección eterna. Ese niño no tenía su sangre, pero tenía su alma. Ese niño lo había elegido.
Esa noche, después de acostar a Samuel, Ricardo buscó a Valentina en la terraza. La luna iluminaba el jardín. El aire estaba cargado de jazmín y de promesas no dichas. —Valentina —comenzó él, con la voz temblorosa, algo inusual en el hombre de negocios implacable—. Hoy Samuel me llamó papá. Y me di cuenta de que no quiero ser solo una figura paterna temporal. No quiero ser el “tío Ricardo” o el “padrino”. Se acercó a ella y tomó sus manos. Estaban frías por la brisa nocturna, pero él las calentó con las suyas. —Durante años pensé que mi destino era estar solo rodeado de lujo. Pero tú llegaste y llenaste cada rincón vacío de esta casa y de mi corazón. Me enseñaste que el amor no se compra, se construye. Me enseñaste que la familia no es sangre, es lealtad y presencia. Ricardo metió la mano en su bolsillo y sacó una pequeña caja de terciopelo. Al abrirla, un anillo sencillo pero brillante resplandeció bajo la luz de la luna. —No quiero que vivan aquí como mis protegidos. Quiero que vivan aquí porque es su casa, porque son mi familia. Valentina, te amo. Amo a Samuel como a mi propio hijo. Amo a tu madre como si fuera la mía. ¿Me harías el honor de casarte conmigo? ¿Me dejarías ser el padre de Samuel legalmente y tu esposo para siempre?
Valentina, con el rostro bañado en lágrimas de felicidad, no necesitó pensarlo. Se lanzó a sus brazos, asintiendo frenéticamente contra su pecho. —Sí, Ricardo. Sí a todo. Tú nos salvaste la vida, pero no sabes… tú me devolviste la fe. Te amo.
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