La boda se celebró dos meses después en el mismo jardín. No hubo prensa ni ostentación vacía. Solo los amigos cercanos, doña Sofía llorando de alegría en primera fila, y Samuel, vestido con un pequeño esmoquin, riendo en brazos de Ricardo mientras este decía sus votos. —Prometo cuidarlos, protegerlos y amarlos hasta el último suspiro. No me dieron la vida biológica de este niño, pero Dios me dio el privilegio de ser su padre, y honraré ese regalo cada día de mi vida.
La historia de Ricardo y Valentina se convirtió en una leyenda entre sus conocidos, no por el escándalo de un millonario casándose con su empleada, sino por la prueba viviente de que el amor verdadero rompe cualquier barrera social o económica.
Años más tarde, Ricardo solía sentarse en ese mismo despacho donde una vez contempló su soledad. Pero ahora, el silencio había desaparecido. Se escuchaban las risas de Samuel corriendo por el pasillo, persiguiendo a su hermanita pequeña que había nacido un par de años después. Ricardo miraba por la ventana, no a la lluvia gris, sino al sol brillante sobre el jardín donde Valentina jugaba con los niños.
Sonreía, sabiendo que había hecho el mejor negocio de su vida: había cambiado su soledad por un caos lleno de amor. Había aprendido que, a veces, los ángeles no vienen bajando del cielo con alas, sino que están en la habitación de servicio, llorando en silencio, esperando a que alguien tenga el valor de abrir la puerta y preguntar “¿qué te pasa?”. Y él, gracias a Dios, había abierto esa puerta.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
