Ese día comenzó como cualquier otro: una mañana gris.

Capítulo 1. Encuentro en la calle
Ese día empezó como cualquier otro: una mañana gris, un viento fresco agitaba las hojas de la acera, y yo iba corriendo al trabajo con la comida en la mochila. La ciudad despertaba lentamente, las calles estaban casi vacías, solo unos pocos transeúntes se apresuraban a sus quehaceres.

Caminé por la calle familiar, pensando en pequeñas cosas: mañana, trabajo, qué rápido pasa el tiempo. Y entonces vi a una gitana parada en la entrada de su edificio con un niño en brazos. Algo en sus ojos me hizo detenerme. No estaba rogando, simplemente estaba allí de pie, con la mirada perdida, como esperando.

"Seguro que tiene hambre", pensé, sacando la comida de la mochila. "Que coma al menos un poco".

Le entregué la bolsa de comida y ella asintió suavemente, agradecida. El niño, sentado a mi lado, me observaba con una mirada sorprendentemente seria, como si entendiera mucho más de lo que debía.

Estaba a punto de seguir adelante cuando oí pasos rápidos detrás de mí. Al girarme, vi a su hija, una niña de unos ocho años, con una mirada penetrante y una extraña determinación en los ojos.

"Si quieres vivir, no salgas de casa mañana por la mañana", susurró, tomándome la mano.

Sus palabras sonaron como un susurro frío de viento, haciéndome temblar el corazón. Intenté sonreír, quitármelo de encima: "La pequeña está imaginando cosas", pensé. Pero la sensación de inquietud no me abandonaba, y caminé a casa, pensando en los extraños ojos de la niña.

Capítulo 2. Una noche de ansiedad
La noche fue agitada. Me levanté varias veces, revisé las ventanas y las puertas, escuché el crujido del suelo, que parecía especialmente fuerte en la oscuridad. Las palabras de la niña resonaban en mi cabeza una y otra vez: "No salgas de casa primero".

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