En la colonia todos decían que mi madre era una mujer bendecida por la vida.
—Tiene un hijo responsable y una nuera que vale oro —comentaban las vecinas mientras barrían la banqueta—. Ya quisiera una así para mis hijos.
Mi madre escuchaba esas palabras con una sonrisa pequeña, cansada.
Nunca corregía a nadie.
Nunca decía la verdad.
No porque esas palabras fueran ciertas…
sino porque no quería que yo tuviera que elegir entre ella y mi esposa.
Yo salía temprano todos los días. Trabajo, compromisos, viajes cortos fuera de la ciudad. Siempre creí que, mientras yo cumpliera con traer el sustento a casa, todo lo demás marcharía bien.
Mi esposa se llamaba Verónica.
Frente a mí, Verónica era perfecta.
Era la mujer que todos admiraban. La nuera ejemplar. La esposa dedicada.
Se levantaba antes que nadie, preparaba café de olla, calentaba el pan dulce y decía con voz suave:
—Mamá, siéntese, yo me encargo.
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