Cuando había visitas, le acomodaba el rebozo a mi madre, le servía más caldo y decía con orgullo:
—Ya está grande, pobrecita… pero aquí la cuidamos como se merece.
Yo la miraba y pensaba que había tenido suerte.
Que Dios me había dado una buena mujer.
Lo que nunca supe…
es que esa mujer solo existía cuando yo estaba presente.
Bastaba con que cerrara la puerta al salir…
y Verónica se transformaba.
La voz dulce desaparecía.
La sonrisa se borraba.
Los pasos se volvían pesados, duros, llenos de fastidio.
—¿Todavía no se levanta? —decía con desprecio—. ¿O piensa quedarse echada todo el día?
Mi madre se incorporaba de inmediato, aunque las rodillas le dolieran, aunque la espalda no le respondiera. Tomaba la escoba con manos temblorosas.
Nunca contestaba.
Nunca se defendía.
Verónica se recargaba en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándola como si fuera una carga.
—Así no se barre —le gritaba—. Todo mal, como siempre. Lenta… torpe.
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