Ese día llegó del trabajo más temprano de lo normal… y al abrir la puerta entendió que llevaba mucho tiempo llegando tarde.

Un día, mientras lavaba los trastes, a mi madre se le resbaló un plato. El ruido del vidrio rompiéndose llenó la cocina.

Verónica ni siquiera volteó.

—Mírelo nada más —dijo con frialdad—. Ya ni para sostener un plato sirve.

Mi madre se agachó a recoger los pedazos. Uno le cortó el dedo. La sangre empezó a gotear sobre el piso.

Verónica lo vio.
Y no hizo nada.

—No vaya a manchar —fue lo único que dijo—. Luego me toca limpiar.

Yo no sabía nada de eso.

Cuando llamaba desde el trabajo, Verónica cambiaba la voz en segundos:

—Todo bien, amor. Tu mamá ya comió. Le hice su sopita.

Colgaba…
y la mirada que lanzaba después era helada.

Las comidas eran lo peor.

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