Ese día llegó del trabajo más temprano de lo normal… y al abrir la puerta entendió que llevaba mucho tiempo llegando tarde.

Cuando yo estaba en casa, Verónica servía primero a mi madre, le ponía más carne, más caldo, más tortillas.
Cuando yo no estaba, el plato de mi madre era simple… frío… o a veces no había plato.

—Cómase algo de la tienda —le decía—. Yo no soy su sirvienta.

Mi madre aguantaba.
Por mí.

Hasta que llegó ese día.

Un día lluvioso.
Un día común… que lo cambió todo.

Ese día terminé el trabajo antes de lo previsto. No le avisé a nadie. Quería sorprender a Verónica.
En el camino compré pan dulce, porque sabía que a mi madre le gustaba cuando llovía.

Abrí la puerta.

Y escuché gritos desde la cocina.

—¡Usted vive de arrimada! —gritaba Verónica—. ¡Nada más traga y estorba!

Me quedé paralizado.

Mi madre estaba de espaldas, trapeando el piso. Su suéter estaba mojado, quién sabe desde cuándo. Las manos le temblaban.

—Si no fuera porque mi esposo es un tonto sentimental, ya la habría corrido de esta casa —continuó Verónica—. ¡Vieja inútil!

Sentí cómo algo se rompía dentro de mí.

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