—Coma, mamá —le dije—. Yo estoy aquí.
Verónica no entendía nada.
Cuando cerré la puerta del cuarto, hablé con calma.
—Eres una actriz perfecta —le dije—. Engañaste a todos… incluso a mí.
Ella lloró.
Siempre lloraba cuando la descubrían.
—Fue un mal día… exageras…
—No —respondí—. Exagerar es fingir bondad mientras humillas en silencio.
No grité.
No insulté.
Pero cada palabra pesaba.
—Desde hoy las cosas cambian —le dije—.
—Mi madre va primero.
—Una falta más… y te vas de esta casa.
Verónica temblaba.
—Me estás alejando de ti…
—No —le respondí—. Te estoy dando la última oportunidad de ser humana.
Los días siguientes fueron distintos.
Verónica se levantaba temprano.
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