Esposa embarazada muere en el parto. Sus suegros y su amante celebran hasta que el médico susurra….
—Lo sé, papá —respondí, apretándole la mano como pude—. Fui al funeral… desde aquí.
Les conté todo. No hacía falta dramatizar; la realidad ya era suficientemente monstruosa. Una trabajadora social estaba presente, tomando nota. Poco después llegó el abogado de mi familia con una carpeta.
Antes de casarme, sospechando de la infidelidad de Andrés, había hecho un testamento: si algo me pasaba, la custodia de cualquier hijo sería para mis padres, y el dinero del seguro iría a un fideicomiso para mis hijos. Andrés no tenía derecho a un peso.
Además, el abogado traía algo más: desde meses antes yo había mandado instalar cámaras ocultas en la casa, para confirmar mis sospechas. Teníamos video de Karla mudándose con maletas, de la fiesta con mi bebé en brazos y mi vestido de novia encima, de Teresa gritando a mis padres en la puerta cuando llegaron a reclamar.
El hospital reunió todo: mi testimonio, el video del hospital, los informes médicos, las grabaciones de cámaras. Llamaron a la policía y a DIF para proteger a las bebés.
El día 30, a las 10 de la mañana, exactamente la hora en que querían “desconectarme”, llegaron Teresa, Andrés y Karla al hospital. Oía sus risitas nerviosas desde el pasillo.
Teresa traía una carpeta de documentos. Karla olía a mi perfume. Andrés bromeaba sobre “por fin cerrar este capítulo”.
El doctor Martínez los interceptó:
—Antes de entrar, necesito…
—No tenemos tiempo, doctor —lo cortó Teresa—. Tenemos al notario esperando. Vamos a firmar la orden para quitarle el soporte vital.
Lo empujó a un lado y abrió la puerta de mi cuarto.
Yo estaba sentada, con la bata del hospital, el cabello recogido y los ojos bien abiertos, mirando directo hacia ellos.
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