El policía se adelantó:
—Andrés Molina, queda detenido por tentativa de trata de menores, fraude y conspiración para homicidio. Teresa Molina, detenida como cómplice. Karla Ramírez, detenida para investigación por fraude y complicidad.
Teresa explotó:
—¡Esa hija tuya nos arruinó la vida! ¡Ingrata, muerta de hambre! ¡Te sacamos de tu barrio y así nos pagas!
—Lo único que me sacaron —respondí, tranquila— fue la venda de los ojos.
Los esposaron y se los llevaron mientras seguían gritando, llorando o jurando que “no sabían nada”. Ya no importaba. No pensaba volver a escucharlos nunca.
Tres meses después, estaba sentada en una sala de audiencias, con mis padres a cada lado y mis dos niñas en brazos.
El juez leyó la sentencia: ocho años para Andrés, cinco para Teresa, tres para Karla. Sin derecho a acercarse a mí ni a las niñas. Orden de restricción permanente.
La casa se vendió y el dinero se fue directo al fideicomiso de mis hijas. El seguro de vida, medio millón de pesos, también.
Yo me mudé con mis papás mientras aprendía a vivir de nuevo. Empecé a escribir mi historia, a hablar con otros pacientes en rehabilitación, a participar en charlas sobre derechos de enfermos y violencia familiar.
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