Esposa embarazada muere en el parto. Sus suegros y su amante celebran hasta que el médico susurra….

Pero mi momento favorito del día llegó unos meses después, una mañana de domingo en el Parque México.

Estaba sentada en una banca, viendo a mis gemelas, Alma y Luz, tambalearse con sus primeros pasos sobre el pasto, con vestiditos amarillos que les cosió mi mamá. Reían, se caían, se volvían a levantar. No tenían idea de todo lo que se había hecho para separarnos.

Andrés quiso enterrarme. Teresa quiso borrarme. Karla quiso reemplazarme.

Olvidaron algo:
soy madre.

A las madres no se nos entierra.
Se nos siembra.
Y volvemos a crecer más fuertes.

Mis hijas crecerán sabiendo que su mamá peleó por ellas incluso desde un coma. Sabrán que el amor puede más que la maldad. Que la verdad siempre encuentra una rendija para entrar. Y que el karma, tarde o temprano, cobra todo.

Yo, mientras tanto, estoy justo donde debo estar: viva, libre, con mis dos niñas en brazos.

Volví por todo lo que quisieron quitarme. Y esta vez, nadie me vuelve a dar por muerta.

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