Esposa embarazada muere en el parto. Sus suegros y su amante celebran hasta que el médico susurra….

De pronto sentí algo distinto: un calor extraño entre las piernas, demasiado. La enfermera miró la sábana y se puso blanca.

—¡Doctor! —gritó—. Está sangrando demasiado.

Escuché el pitido del monitor acelerarse, voces que se amontonaban:

—¡Hemorragia!
—¡Presión cayendo!
—¡Prepárenla para quirófano ya!

Las luces del techo empezaron a oscurecerse por los bordes, como si alguien bajara el dimmer de mi vida. El pitido se volvió un sonido largo, continuo.

Lo último que escuché antes de que todo se apagara fue el grito del médico:

—¡La perdemos!

Y la voz de Andrés, fría, plana:

—¿El bebé está bien?

No preguntó si yo estaba bien. No suplicó que me salvaran. Solo quiso saber si el bebé había sobrevivido. Eso era todo lo que significaba para él.

Luego, oscuridad.

No sé cuánto tiempo pasó. Pudo haber sido un minuto o una eternidad.

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