Esposa embarazada muere en el parto. Sus suegros y su amante celebran hasta que el médico susurra….

No sé cuántas horas más tarde, escuché otra voz familiar: Karla, la asistente de Andrés. Esa mujer a la que yo ya le había encontrado mensajes sospechosos.

Un pequeño milagro: una enfermera dejó prendido un baby monitor en mi cuarto, y se coló la conversación desde el pasillo.

—En realidad, esto es perfecto —dijo Teresa.

—¿Perfecto? —Andrés sonaba cansado, pero no destrozado—. Mamá, mi esposa está en coma.

—Está tan buena como muerta. Tú ya tienes a la bebé, vas a tener el dinero del seguro… y Karla por fin puede ocupar su lugar.

—Pero sigue viva técnicamente —dijo él—. No podemos…

—No por mucho tiempo —lo cortó Teresa—. Los hospitales odian tener comatosos, son caros. Esperamos los 30 días, luego desconectamos. Limpio, legal. Nadie sospecha nada.

—¿Y los papás de Lucía? —preguntó Andrés.

—Yo me encargo. Les diré que ya murió, que la cremamos. Hacemos un funeral simbólico. Viven en Guadalajara, no se van a enterar de nada.

Karla habló por primera vez:

—¿Estás segura, mi amor? —le dijo a Andrés, con voz dulce.

—Más que nunca —respondió Teresa—. Muy pronto tendrán todo: la casa, el marido, la bebé. Todo.

Yo gritaba dentro de mi cabeza tan fuerte que me mareaba. Nadie me escuchaba.

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