Al tercer día, supe que mi bebé era niña. Una enfermera comentaba con otra:
—Pobre señora Lucía… la suegra cambió hasta el nombre. La mamá quería ponerle “Esperanza” y la abuela la registró como “Mía”. Y ni deja que los abuelos maternos se acerquen.
—¿Y la otra tipa? —susurró la otra enfermera.
—¿La amante? Ya se siente la mamá. Viene todos los días, trae globos, sube fotos a Instagram. Dicen que hasta se probó el vestido de novia de la paciente para la fiesta de bienvenida de la niña.
Si hubiera podido vomitar, lo habría hecho. Karla usando mi vestido, en mi casa, cargando a mi hija, mientras yo estaba ahí, atrapada.
Mis padres intentaron venir al hospital. Escuché a la recepcionista en el pasillo:
—Lo siento, señor. No está en la lista de visitas. Sí, aunque sea su padre. El señor Andrés y la señora Teresa dejaron instrucciones. No puedo hacer nada.
Una hora después, oí a Teresa al teléfono, parada justo fuera de mi cuarto:
—Don Ernesto, lo siento tanto… Lucía falleció esta mañana. Fue muy rápido y no sufrió. Andrés está devastado. Vamos a hacer algo pequeño, solo por acá. Les avisamos.
Colgó. No había ningún funeral. Mis padres creyeron que su hija estaba muerta, mientras yo sentía las lágrimas salir de mis ojos. Una enfermera las limpió.
—Reflejos —murmuró—. Pasa a veces.
No, no eran reflejos. Yo lloraba de rabia.
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