En menos de una hora, volvió acompañado de Teresa y Karla. La conversación se escuchaba clarito desde la estación de enfermeras.
—Eres un imbécil —escupió Teresa—. ¿Dos bebés y no revisaste?
—Yo… estaba en shock —balbuceó Andrés—. Nadie me explicó bien.
—Esto complica todo —dijo ella—. Una bebé la tenemos. Todo el mundo la ha visto. Pero la segunda… Oculta en terapia intensiva. Si sale a la luz, van a hacer preguntas. ¿Por qué no la mencionamos? ¿Por qué la escondimos?
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Karla.
Hubo una pausa larga, espesa. Luego Teresa dijo, con voz baja:
—La damos en adopción. Privada. Tengo una amiga en Monterrey desesperada por un bebé. Paga cien mil dólares, en efectivo, sin preguntas.
—¿Quieres vender a mi hija? —Andrés sonaba horrorizado… pero no tanto.
—No es tu hija. Es un problema —respondió Teresa—. Una bebé es historia de padre viudo abnegado. Dos bebés es escándalo. La gente va a escarbar, van a encontrar a Karla, la fiesta, todo. Es más limpio así.
—Tu mamá tiene razón —susurró Karla—. Una bebé, una familia, sin cabos sueltos.
Mi corazón empezó a latir como loco. Las alarmas de los monitores se dispararon. Entraron corriendo.
—La frecuencia se fue al cielo —dijo una enfermera—. ¿Qué pasó?
—A lo mejor fue un cambio de presión —dijo otra.
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