Esposa embarazada muere en el parto. Sus suegros y su amante celebran hasta que el médico susurra….

Pero la primera se acercó a mi cara y se quedó helada.

—Tiene lágrimas nuevas —susurró.

—Reflejos —repitió la otra, cansada.

La enfermera que dudaba salió al pasillo. La escuché hablando en voz baja con una supervisora:

—Algo no está bien. Cada vez que esa familia habla de desconectarla o de las bebés, sus signos cambian. Creo que escucha. Y escuchó que quieren vender a la segunda niña.

—Llama a trabajo social —dijo la supervisora—. Y a seguridad. Aunque no tengamos pruebas todavía.

La noche del día 29, a pocas horas de que cumplieran los 30 días para “desconectarme”, pasó el milagro.

O la consecuencia de tanta rabia acumulada.

A las 11:47 p.m., mi dedo índice derecho se movió. Apenas un temblor, pero la enfermera de guardia lo vio.

—Doctooor —susurró, con los ojos abiertos como platos—. Se movió.

En cuestión de minutos, tenía a medio equipo encima. Me pedían que moviera los dedos, que parpadeara. Me costó, pero una, dos, tres veces logré cerrar y abrir los ojos.

A la 1:00 a.m., ya podía seguir una luz con la mirada. A las 2:17 a.m., logré articular mi primera palabra:

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