Esposa en motocicleta: Los secretos del viejo Mikhail

—¿Estás intentando convertir su jardín en un jardín? —susurró Mikhail en voz baja, observando a Anna trabajar diligentemente bajo el sol.

—Ya es tuyo, Mikhail. ¿Acaso está mal ponerlo todo en orden? —respondió ella con una sonrisa. Pero había una férrea determinación en su voz que impedía que el anciano se relajara.

Esa noche, mientras Mikhail revisaba sus finanzas, notó que faltaba una pequeña cantidad de su caja fuerte. Era poco a poco, pero para él, cada camisa y cada rublo contaban. Se le encogió el corazón: alguien podría haberse aprovechado de su confianza.

—Anna... —dijo con cautela—, no te llevaste el dinero, ¿verdad?

—Mikhail, ni siquiera sé dónde está la caja fuerte —respondió ella con leve sorpresa. Pero sus ojos estaban tranquilos, casi serenos, y el anciano no sabía si decía la verdad o fingía.

Los rumores en el pueblo empezaron a cobrar fuerza. Alguien notó que Anna hacía viajes frecuentes a los pueblos vecinos; otro la vio en una tienda con un toque de chocolate caro. Enseguida surgieron comentarios burlones: «Ya verás, el viejo pronto estará en la ruina», «Una joven esposa siempre busca sacar ventaja».

La tensión en la casa crecía. Mikhail empezó a dudar no solo de sus vecinos, sino también de su propia capacidad para juzgar a la gente. Anna, sin embargo, pareció percibirlo, y su calma le resultaba aún más irritante. Incluso se ofreció a ayudarle a tramitar viejos pagarés y escrituras de la casa, lo que Mikhail interpretó al principio como una intromisión, luego como una ayuda.

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