Me sentí presente.
Me sentí despierta.
Nuestro propio final
Llegaron los periodistas. Se celebraron los juicios. Palabras como «conspiración», «fraude» y «abuso de confianza» aparecieron en titulares y documentos legales. Asistí cuando pude, pero no dejé que el tribunal se convirtiera en el centro de nuestras vidas.
Los veredictos fueron firmes. Las sentencias, largas.
Después, la casa se sintió demasiado grande. La ciudad, demasiado ruidosa. Chloe y yo necesitábamos espacio, y no el que crean los techos altos y los pasillos silenciosos.
Salimos de Burlington unos meses después, conduciendo hacia el norte hasta que el aire olió a pino y sal. Alquilamos una pequeña cabaña en un tranquilo tramo de costa donde las olas eran el único sonido constante.
Una tarde, mientras el sol se deslizaba hacia el agua, tiñéndola de cobre fundido, caminamos hasta el final de un muelle desgastado.
Tenía dos medallones de plata en la mano.
Uno contenía una foto diminuta de Chloe a los ocho años, sin dientes delanteros y sosteniendo un trofeo de fútbol de la mitad de su tamaño. El otro contenía una foto de mi padre y yo el día que tomé las riendas de la empresa, ambos más jóvenes, ambos convencidos de que el trabajo duro por sí solo podía proteger a una familia de todo.
Chloe los miró, luego me miró a mí.
"¿Estás segura?", preguntó.
Asentí.
"Pasamos meses viviendo dentro de una historia que otros escribieron para nosotros", dije. "Creo que es hora de que escribamos la nuestra".
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