Así que lo intenté. Bebía la infusión que mi esposa, Vanessa, me traía a la cama cada noche.
"Para los nervios, Marcus", me decía en voz baja, con la mano posada en mi hombro. "No has dormido".
Me tragaba las pastillas que mi hermano Colby me ponía en la palma de la mano por las mañanas.
"Del Dr. Harris", me dijo. "Solo para que descanses".
Cada día me sentía más pesado, más lento, más confundido. Olvidaba las citas. Miraba fijamente las paredes. Perdí el tiempo. La gente decía que era dolor. Les creí.
Hasta esa noche.
El Niño a la Luz de la Luna
Lo oí antes de verlo: un sonido tenue y castañeteante, como dientes chocando en el frío.
Levanté la vista y allí, cerca de las puertas del balcón, acurrucada en un rincón donde la luz de la luna se reflejaba en el suelo, había una pequeña figura envuelta en una manta sucia.
Por un instante, mi mente hizo exactamente lo que había aprendido a hacer durante meses: rechazó lo que veía.
"No", susurré.
La palabra se sintió como una oración y una negación al mismo tiempo.
"No eres real", dije con la voz quebrada. "No puedes estar aquí. Eres..."
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