Estaba llorando cuando dejé a mi marido en el aeropuerto, creyendo que se iba a trabajar dos años en Canadá, pero en el momento que llegué a casa, transferí los $650,000 a mi propia cuenta y comencé los trámites de divorcio.

¿Su "traslado a Toronto"?

Un completo invento.

Tres días antes de su vuelo, mientras se duchaba, vi su correo electrónico abierto en su portátil. No había ningún contrato corporativo de Canadá.

En cambio, había una confirmación de un apartamento de lujo en Polanco.

Alquilado para él.
Y para su amante.

Valeria.

Y estaba embarazada.

La brillante estrategia de Alejandro fue simple: fingir que se mudaba al extranjero para poder vivir abiertamente con ella sin que yo interfiriera.

¿Y lo más cruel?

Pretendía vaciar poco a poco los 650.000 dólares de nuestra cuenta conjunta: más de once millones de pesos. Dinero acumulado con mi herencia y años de duro trabajo.

Para financiar a su nueva "familia".
Pensó que era ingenua.
Creyó que me había tragado su dramática despedida en el aeropuerto.

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