—¿Qué hay que hablar? —Andrey se encogió de hombros—. Mamá tiene razón. Irka necesita ayuda.
—¿No quieres saber lo que yo pienso?
—Len, no seas egoísta. Piensa en los niños, en la familia.
—¿Qué familia? ¿Tu hermana, que lleva cinco años aprovechándose de ti? ¿Que pide dinero cada mes y nunca lo devuelve?
—No es culpa suya que su marido sea un inútil.
—¡Y no es culpa mía que mi tía muriera y me dejara un apartamento! ¡Es mi herencia, Andrey!
—Nuestra —corrigió él—. Somos familia.
—¿Entonces por qué deciden sin mí?
Discutieron acaloradamente esa noche. Andrey se fue a casa de sus padres y volvió tarde, cuando Lena ya dormía. Por la mañana intentó reconciliarse, pero la conversación volvió a lo mismo: Lena debía pensar en la familia y no ser tan codiciosa.
Pasaron varios días más. Lena esperaba que su esposo recapacitara y entendiera su postura. Pero Andrey se volvía cada vez más frío. En el trabajo le costaba concentrarse —los pensamientos volvían una y otra vez a la situación.
El jueves por la noche, Andrey llegó tarde a casa.
—¿Dónde estabas? —preguntó Lena.
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