Un calor me recorrió las mejillas —humillación, traición y algo mucho más peligroso despertando en mi interior— mientras sus invitados a la boda me miraban fijamente, demasiado conmocionados para reaccionar.
"Fuera", dijo Mariana en voz baja, como si desestimara una pequeña inconveniencia: no su propia hermana.
Mientras me ardía la cara, una certeza aún más fría se apoderó de mi pecho.
¿La tarjeta platino que acababa de usar para pagar ese vestido de novia de 160,000 pesos?
Era mío.
Y mientras mi teléfono vibraba en el bolsillo, siete meses de explotación silenciosa finalmente cobraron sentido. Comprendí, con una claridad aterradora, que el costo final lo sería todo.
La boutique en Polanco, Ciudad de México, se había quedado en silencio. La dependienta se quedó paralizada, con la cinta métrica colgando inútilmente. Las damas de honor de Mariana —amigas cuidadosamente seleccionadas del trabajo y la universidad— me miraban como si fuera una vergüenza que se negaba a desaparecer.
“Sácala de aquí”, repitió Mariana con voz cortante.
Me dolió la mejilla, pero no fue la vergüenza lo que siguió. Primero vino la incredulidad. Luego algo firme. Más frío.
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