Mi responsabilidad.
Algo se endureció; no era rabia ni agravio, sino determinación.
Abrí la app de mi banco. Cada transferencia. Cada retiro. Cada gasto "temporal" que ella había jurado pagar. Y enterrado entre ellos estaba el detalle que nunca esperó que notara.
Una solicitud de préstamo.
Presentada con mi información personal.
Cuatrocientos mil pesos.
Aún pendiente.
Había falsificado mi identidad.
En ese momento todo cambió.
No me volví cuando la puerta de la boutique se abrió de nuevo. No quedaba nada más que decir. La humillación había terminado. El ajuste de cuentas había comenzado.
Tres cuadras después, me senté en una cafetería soleada, dejando que el aire frío calmara mi mejilla ardiente mientras la verdad se desplegaba en mi pantalla. Siete meses de caos financiados por mí. Un matrimonio construido sobre deudas, mentiras y una confianza que ella creía intocable.
Encontré el fallo que ella había pasado por alto: un pequeño error en la solicitud. Suficiente para detenerla. O para dejarla pasar y denunciar el robo de identidad en el momento justo.
Pero elegí algo más preciso.
La vida de Mariana se basaba en las apariencias. La novia perfecta. La boda perfecta. El control perfecto. En el fondo, todo era frágil.
Reuní pruebas: registros bancarios, mensajes, notas de voz, su "presupuesto" escrito a mano que le había mostrado a su prometido; gastos ya pagados por mí.
Luego escribí un correo electrónico.
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