Dejándolos atrás con su "casa de ensueño".
La que se hundía lenta e implacablemente, centímetro a centímetro.
El día de la mudanza comenzó en silencio.
No del tipo tranquilo.
De ese que siente que el mundo se detiene antes de que algo se haga añicos.
Estaba en mi nuevo apartamento —pequeño, impecable, mío— cuando mi teléfono empezó a sonar como una sirena de emergencia. Llamada tras llamada. Sin interrupciones. Sin piedad. El nombre de Olivia aparecía en la pantalla una y otra vez, implacable.
Ya sabía qué día era.
Su día de mudanza.
El día que Olivia, Larry y Kelly finalmente entrarían en la casa que me habían obligado a comprar, y descubrirían que el sueño tenía colmillos.
Lo dejé sonar. Una vez. Dos veces. Cinco veces. Diez.
Entonces contesté.
Porque quería oírlo.
Olivia no me saludó.
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