"No", dije en voz baja, pero la palabra tenía peso. "No quiero vivir contigo, Linda".
Linda parpadeó con esa lentitud y condescendencia que usan los profesores cuando un alumno se pasa de la raya. Luego abrió su bolso. Sacó los papeles del divorcio.
Ya firmados. La firma de Justin estaba allí, firme y definitiva, como una vieja herida abierta.
Los había traído consigo, a mi nuevo hogar, como si esta confrontación hubiera sido programada, planeada, ensayada.
Linda deslizó los documentos por el mostrador y tocó la línea de la firma con su dedo perfectamente cuidado.
"Si de verdad vas a ser difícil", dijo, "firma".
La habitación se inclinó.
Miré a Justin, rogándole en silencio que interviniera. Que dijera: "Mamá, para. Esta es mi esposa. Esta es nuestra casa".
No lo hizo.
Ni siquiera parecía avergonzado.
Parecía molesto.
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