Finalmente compré la casa de nuestros sueños, y el primer día mi esposo me dijo: "¡Mi mamá, mi hermana y los niños se mudan, no tienes ni idea!". Fue a buscarlos. Y esa noche, se quedaron paralizados al ver lo que vieron dentro...

La voz de Olivia temblaba de rabia.

"¡SABÍAS!", gruñó. "¡SABÍAS QUE ESTE LUGAR ERA DEFECTUOSO!"

Cerré los ojos y los imaginé dentro de esa pintoresca casa de campo: la hiedra trepando por el porche, las alegres ventanas brillando con promesas.

La misma casa cuyos cimientos eran tan confiables como su ética.

Mantuve un tono ligero, casi ingenuo.

"¿Una casa defectuosa?", repetí. "Eso no puede ser. ¿Estás segura?"

Un sonido ahogado llegó a través del teléfono.

"¡Te estás haciendo la tonta!", espetó Olivia. ¡LAS PUERTAS NO CIERRAN! ¡LOS PISOS... ESTÁN INCLINADOS! ¡LAS PAREDES... PARECEN QUE RESPIRAN!

¡Guau! —dije en voz baja, como si estuviera realmente preocupada—. Eso suena... incómodo.

¡¿Incómodo?! —explotó Olivia—. ¡LOS ARMARIOS DE LA COCINA NO ABREN! ¡LAS VENTANAS ESTÁN ATASCADAS! ¡Y KELLY JURA QUE ESCUCHÓ UN CRUJIDO BAJO EL SUELO!

Apreté los labios.

Me reí para no reírme.

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