Finalmente compré la casa de nuestros sueños, y el primer día mi esposo me dijo: "¡Mi mamá, mi hermana y los niños se mudan, no tienes ni idea!". Fue a buscarlos. Y esa noche, se quedaron paralizados al ver lo que vieron dentro...

En mi mente, las imágenes encajaban a la perfección: las fotos brillantes del catálogo, la agente sonriente, la emoción forzada de la cena. La mirada hambrienta de Olivia. La sonrisa tonta de Larry.

Pensaban que la casa era una recompensa.

No se dieron cuenta de que venía con un colapso incorporado.

Olivia bajó la voz a algo frío y autoritario.

"Vendrás aquí", ordenó. "Ahora mismo".

"No", dije.

Silencio.

"¿Qué?" susurró, como si la palabra no tuviera sentido.

"Dije que no". Mi tono no vaciló. "No voy".

"Julie..." Su voz cambió, empalagosa y falsa, otra máscara deslizándose en su lugar. "No lo entiendes. Somos familia. Tenemos que hablar..."

"No somos familia", dije.

El silencio que siguió fue nítido.

Entonces volvió a gritar.

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