“¡Maldita desagradecida…!”
Terminé la llamada.
El teléfono no dejaba de sonar.
Simplemente cambiaron de estrategia.
Larry llamó después. Su voz tenía esa familiar y débil súplica, el sonido que siempre usaba cuando quería que limpiara los desastres que él mismo armaba.
“Julie… por favor”, dijo. “Piensa en nuestra situación”.
Me reí a carcajadas.
“¿Nuestra situación?”, repetí. “Larry, ¿alguna vez pensaste en mi situación? ¿Cuando tu madre me gritaba? ¿Cuando tu hermana me robaba mis cosas? ¿Cuando salías… con otra mujer?”
Se le cortó la respiración.
“Lo siento”, se apresuró. “Me disculparé. Solo dime dónde te mudaste”.
La audacia me revolvió el estómago.
“¿Por qué iba a decirte eso?”, espeté. “¿Para que puedas aparecer y arruinarme la vida otra vez? No, Larry. Estoy harta”.
Se le quebró la voz.
“Podemos arreglar esto.”
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