Me llamo Emily Carter, tengo treinta y seis años y jamás imaginé que un pedazo de papel cambiaría mi vida en cuestión de segundos. Aquella mañana, sentada en la mesa de mi cocina con una taza de café frío, mis ojos no podían creer lo que veían. Los números coincidían uno a uno. El premio: 50 millones de dólares. Me quedé sin aliento, el corazón me martilleaba las costillas y mis manos sudaban tanto que temía deshacer el boleto.
Mi primer pensamiento, como siempre, fue mi familia. Pensé en Daniel, el hombre con el que me casé hace diez años, y en nuestro pequeño Lucas, de cinco años. Habíamos pasado por tiempos difíciles, deudas y mucho estrés. “¡Se acabó!”, pensé con lágrimas de alegría. “Por fin vamos a ser felices”. No quise llamarlo por teléfono. Un anuncio de este tamaño merecía ser entregado en persona, con un abrazo y el grito de libertad que tanto anhelábamos.
Tomé a Lucas, lo subí al auto y conduje hacia el centro, a la oficina de consultoría financiera de Daniel. Durante el trayecto, mi mente volaba: una casa nueva con jardín para que Lucas jugara, vacaciones en la playa, y sobre todo, tiempo. Tiempo de calidad sin la presión del dinero. Lucas, aunque no entendía del todo, saltaba en el asiento trasero contagiado por mi emoción.
Llegamos al edificio de cristal. Subimos al piso doce con el boleto bien guardado en el compartimento más secreto de mi bolso. Me sentía como una reina caminando por esos pasillos. Cuando llegamos a la recepción de su oficina, noté que el escritorio de Sophie, su asistente, estaba vacío. Me pareció extraño, pero mi alegría era tan grande que no le di importancia.
Caminé hacia la oficina privada de Daniel. Iba a abrir la puerta de golpe y gritar: “¡Somos ricos!”, pero mi mano se congeló a centímetros del picaporte.
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